EL DÍA DEL REENCUENTRO VICTORIOSO
Con Fidel al frente, el ejército de barbudos avanzó por céntricas avenidas de la capital, cuyo pueblo se lanzó masivamente a las calles a darle la bienvenida.
Fue día de júbilo aquel ocho de enero, que significó el reencuentro de familiares y amigos, y el abrazo fraterno a aquel ejército de hombres que le devolvía la esperanza a los cubanos. Cuentan testigos de aquellos días, que nunca antes se vio tanta gente reunida en las calles habaneras, ni tanto júbilo esperanzador.
A su paso por las principales arterias, la caravana apenas podía avanzar, porque todos querían saludar. Era un enjambre de pueblo enardecido: la Victoria era el regalo del año que recién comenzaba.
LA INEQUÍVOCA FUERZA DEL PUEBLO
En su memorable intervención al anochecer de aquel 8 de enero en el campamento militar de Columbia, Fidel destacó a la fuerza del pueblo como principal defensora de la Revolución “Nuestra más firme columna, nuestra mejor tropa, la única tropa capaz de ganar sola al guerra es el pueblo”.
Fue aquel un discurso contundente, pero también repleto de belleza, porque significó el agradecimiento de un ejército de rebeldes al pueblo disciplinado y de espíritu invencible que le acompañó en su lucha.
Eran los primeros días del triunfo, y con tan emotivas palabras la Revolución premiaba la dignidad y el patriotismo de todos los cubanos, un pueblo dueño de sus conquistas y que a partir de Enero de 1959 comenzaría a regir su propio destino.
Era el 8 de enero de 1959, apenas el octavo día de la victoria definitiva de la Revolución, cuando la Caravana de La Libertad se adentró en la Ciudad de La Habana.
Fui muy feliz en la caravana
“Haber integrado la caravana con Fidel desde el puente del río Cauto, en Oriente, hasta La Habana, hace 47 años, ha sido una de las mayores emociones de mi vida y la más interesante experiencia de toda mi juventud”.
El recuento de ese recorrido, salpicado por detalles muy curiosos de su propia trayectoria humana, lo hace en diálogo con JR el General de División (r) de las FAR Pedro García Peláez, que hoy trabaja en el Ministerio del Interior, y quien fuera integrante de la escolta del Comandante en Jefe Fidel Castro durante la Caravana de la Libertad, en los días iniciales del triunfo de la Revolución en enero de 1959.
“Siempre fui de la Columna Uno de Fidel y vine con él con los grados de capitán, porque personalmente me encargó esa misión y para mí fue un honor enorme cumplirla lo mejor que pude, como uno de sus jóvenes barbudos de la Sierra Maestra”.
Con 30 años, García Peláez acompañó al Jefe de la Revolución y en la práctica vivió a su lado una semana cuajada de historia, cabalgando sobre acontecimientos verdaderamente cruciales de aquella época tensa y feliz.
“Como miembro de aquellos rebeldes recién bajados de las montañas, viví las emociones propias del triunfo y un encuentro irrepetible con nuestro pueblo. Estaba yo en El Cobre, en los instantes en que nos preparábamos para atacar a Santiago de Cuba, cuando me enteré por un vecino de aquel poblado de la fuga del dictador Batista.
“En aquellas circunstancias recibí un papel del Comandante Paco Cabrera en el que me transmitía la orden de Fidel de alcanzarlo con la fuerza que yo tenía a mi mando. Al encontrar al Jefe de la Revolución, estaba pronunciando un discurso en la ciudad de Bayamo, ya de noche. Después seguí hasta Holguín. En la mañana del otro día tuvo lugar nuestro encuentro, exactamente entre el puente del río Cauto y Cacocum.
“Yo fui a donde él estaba en dos carros. Éramos unos siete u ocho rebeldes en total. Me preguntó dónde estaba mi gente y le dije que en Holguín. Entonces me ordenó que escogiera unos cuantos para unirlos a varios compañeros del II Frente enviados por Raúl y encabezados por Ramón Valle Lazo”.
Siguió con Fidel rumbo a la ciudad de Holguín por la carretera central y allí se unieron a la tropita de Valle Lazo. La misión que recibió fue estar en la escolta del Comandante en Jefe.
“Me ordenó hacer dos grupos, uno de ellos mandado por Lazo y el otro por Orlando Pupo Peña. Y mi tarea concreta era salir al frente de esos dos grupos”.
Aquellas fueron horas difíciles y confusas por la intención enemiga de realizar un golpe de estado en la capital, cuya gravedad el pueblo no percibió inicialmente, pues se entregaba a las celebraciones. Fue la sabiduría de Fidel la que logró controlar la situación reinante. De ahí la rápida marcha del Che sobre La Cabaña y de Camilo hacia la fortaleza de Columbia.
“Me impresionó mucho la soltura con que actuaba Fidel, la firmeza y la maestría con que distribuía las distintas responsabilidades durante el recorrido hacia La Habana, como si fuera un dirigente consumado ya al frente del país, con qué seguridad en sí mismo se desenvolvía”.
El Jefe de la Revolución triunfante supo enseguida de la traición de Eulogio Cantillo Porras, el general de la retaguardia batistiana y del tinglado que armó a espaldas del pueblo y del Ejército rebelde.
“Por eso Fidel dijo que contra el pueblo no se podía ganar una guerra y ahí estábamos los rebeldes de la Caravana de la Victoria para defender a cualquier precio lo que tanta sangre había costado en los llanos y en las montañas, en todo el país”.
“Han pasado muchos años, pero no he podido olvidar nunca ni olvidaré las tensiones vividas, el lógico nerviosismo de aquella experiencia. Las ciudades se volcaban en las calles. Las mujeres dejaban sus casas y las que no tenían con quien dejar a sus hijos, cargaron con ellos para que vieran al héroe, para que cuando fueran mayores pudieran decir orgullosos que ellos también habían estado allí, en la manifestación más grandiosa de entusiasmo popular y revolucionario que recuerda la historia de Cuba.”
“¡Cuidar a Fidel! ¡Qué hermosa tarea! Hasta Camagüey tuve un fusil Garand, pero era incómodo para la nueva misión asignada y allí lo cambié por una ametralladora Thompson, mucho más manuable en la caravana.”
Hace énfasis en el propio quehacer del viaje por la carretera central, las gestiones para comer, la importancia de velar por todo, puesto que en la caravana hasta venían algunos casquitos. Había que atender en primer lugar la seguridad personal del Comandante y ubicarme en los lugares donde debía estar durante el traslado aquel, era un enorme estrés.
“Pero, además de la propia alegría nuestra como rebeldes por el triunfo, el entusiasmo del pueblo nos contagiaba y nos reconfortaba. Y lo principal de todo: cada minuto al lado de Fidel uno aprendía más de su pensamiento, de su actuación, de su inteligencia, de su ecuanimidad, de cómo sabía ser sereno y justo, a la vez que firme en sus decisiones y sus convicciones revolucionarias.
“Yo les puedo decir que aunque la misión que nos dieron resultó difícil, fui enteramente feliz en la Caravana de la Libertad junto a Fidel y hoy me siento sanamente orgulloso de haber estado entre los barbudos que salieron de Oriente con él y entraron a La Habana sin que le pasara absolutamente nada. Y digo más: creo que no fue un encargo, sino un premio lo que el Comandante me dio”.
| ¿Quién es Pedro García Peláez? |
Nació en Cienfuegos, el 30 de marzo de 1928, pero al morir su padre, siendo muy pequeño, a los dos años y cuatro meses, su mamá viajó con él a España y allá estuvo hasta que su hijo cumplió los 19 años. Sus progenitores eran españoles.
Siendo muy niño todavía sufrió la amargura de ver que lo separaban de su madre, herida en la Guerra Civil Española e internada en un hospital. Se crió con sus abuelos maternos y paternos. Tuvo que viajar a Cuba cruzando fronteras, clandestinamente, vivencia que le sirvió para ser también en la lucha contra Batista un luchador clandestino, junto a René Vallejo, Piti Fajardo, Rigoberto Fernández y otros compañeros.
Se alzó dos veces, pero solo en la segunda ocasión pudo llegar a donde estaba Fidel, lo cual logró desde Manzanillo junto a Agustín Lara, enlace de la Sierra. Estuvo subordinado a Andrés Cuevas, a Eddy Suñol, a Delio Gómez Ochoa, a Dermidio Escalona, siempre en la Columna Uno del Comandante en Jefe. Bajó de las lomas y vino en la caravana con los grados de capitán, con los mismos con que acompañó a Fidel en su primer viaje a Estados Unidos en 1959.
Junto al jefe de la Revolución, en un avión, estuvo buscando a Camilo Cienfuegos.
En octubre de 1959 fue ascendido a Comandante. Además de escolta de Fidel, fue jefe de la Policía Nacional Revolucionaria en Pinar del Río, cumplió otras responsabilidades militares en Camagüey, Matanzas y La Habana, participó en Playa Girón y fue jefe de la misión militar cubana en Angola entre 1979 y 1981.
Nada, que el cubano siempre encuentra motivos para estar de fiesta...es parte de nuestra cubanía...

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"Mi hija Mirna Jiménez se gradúa este año. Pienso que este hecho de la graduación de los muchachos y muchachas de nuestras familias constituye la realización de un sueño que se inició con la creación de la Escuela Latinoamericana de Medicina. En estos años los hemos visto desarrollar, cómo llegan de vacaciones a casa con mayor madurez, con mayor expresión de solidaridad, de identidad, valores que solo pueden adquirir en Cuba, en un sistema educacional que los forma para servir a sus pueblos. No se gradúan para ganar más dinero, como es propio del sistema capitalista —adquirir conocimientos para enriquecerse—, sino en función de dar respuesta a las necesidades de los más desposeídos, lo que dio origen a este Proyecto de Cuba.

